domingo, 18 de noviembre de 2012

Los Tres Deseos de Doña Chole (O de por qué el Pechugas no come Pollo Kentucky)



-Ya no chilles pinche Pechugas, vas a llenar tu chela de mocos. Mejor pásame la 12 de estrías, y si no me vas a ayudar de perdido cuéntame cómo te fue en Acapulco. ¿No pellizcaste a ninguna güera?-
Alonso Anastasio Pérez Jiménez, “El Pechugas", 20 años. Hijo de Doña Chole. Huérfano de padre desde los dos años, nunca había tenido un gusto. "Los sueños son objetos brillosos que sólo los riquillos pueden rescatar de los aparadores”, pensaba un niño que acompañaba a su madre a limpiar los tiraderos que sobrevivían al tianguis dominical de la calle Arroyo de la Plata, para luego pepenar entre el basural y hasta en las coladeras, a ver qué valía la pena apartar: fierros muertos, sábanas de cartón y esporádicamente alguna moneda prófuga de un cambio mal dado. Repensaba un hombre desde el rincón más sucio del cuarto de herramienta del taller del "Cántaro ubicado en la Avenida Morelos donde trabajaba de chalán.
-Los sueños son objetos brillosos...
-No manches, Pechugas, sacas de onda. Dame el repuesto del carburador y la llave Cressen. ¿Le gustó el viaje a Doña Chole?-
María Soledad del Refugio Jiménez viuda de Pérez. Cuarenta y ocho años. Bajita y robusta. De cara reacia endurecida por las pedradas de la vida y canas peinadas hacia atrás, esclavas de un cordel. Pepenadora, lavajeno, mandadera, comadrona, ropavejera y vendefierros. Madre del Pechugas, a quien con mano dura y partes de reciclaje le alcanzó a dar la primaria y le impidió irse de ratero. Único pariente en el mundo con quien compartía sus sueños en las noches luminosas, cuando se podía dormir sin sobresaltos, cuando la vida le daba permiso de soñar por un momento.
-Nada más tres deseos tenía mi jefa. No eran riquezas, ni lujos, ni galanazos. Eran tres deseos sencillitos y hasta baratos. Me los contaba cuando nos iba bien y sus ojos hacían luz. Sus manos se ablandaban y me abrazaba suavecito, acariciando mi pelo mientras su mente andaba por otro lado... por Acapulco.
Esa era su ilusión. le nació de mirar la tele en una casa de ricos donde le pasaban chamba, allá por la Sierra de Álica. Nadamás lo vio un ratito y le entró un gusto por ir allá que nunca lo olvidó. También por comer pollo Kentoqui, porque ese mismo día vio un anuncio, un solo anuncio de tele y era el del pollo Kentoqui. No eran como las gallinas flacas del Pollo de leche...
-Si por eso te pusieron Pechugas güey. Con la primera lana que ganaste corriste a la pollería a comprar unas pechugas y se las llevaste a Doña Chole para que las cocinara.-
Pero no es lo mismo. El pollo Kentucky es el pollo Kentucky. Está hecho con una receta secreta del pinche Coronel Sanders. Alonso lo supo ese día, cuando a su madre le dio gusto el detalle del mocoso, pero no era lo mismo. Dicen que cruje cuando lo muerdes y ni te embijas los dedos, sabe como a lo mejor que hayas comido. No era lo mismo.
-Estabas bien chavillo, pero saliste chambeador. Buen lavafierros y engrasador ...no como ahorita. Regresaste muy güevón de Acapulco.-
El Pechugas se hizo el obsesivo propósito de cumplir los deseos de su madre. Esa fijación lo llevó a guardar cada centavo ganado en el taller y cada peso de las piezas que se transeaba, hasta que después de muchos años juntó lana suficiente.
-Llevé a mi jefa al Kentoqui, pero al kentoqui Fray Chiquen de Acapulco. Ahí estaban todos sus deseos. Salimos de Zacatecas en puro camión pollero, de'sos que se paran en cada rancho y que tienen el polvo incluido. Llegando allá luego luego nos fuimos caminando de la terminal hacia la costera Miguel Alemán. En el camino le compré una bonita ancla de barco hundido -símbolo del mar- que en "el kilo" no te darían más de tres pesos por ella, pero me costó 80.
Paseamos por donde caminan los artistas, por todos los hotelotes, los restoranes caros y las tiendas de ropa bonita. Ahí estaba el Kentoqui, en medio de un mundo de fantasía, todo limpiecito, con sus mesas rojiblancas y sillas blanquirrojas como de juguete; unas morras de dientes parejitos que me vendían hasta pasteles de sabores gabachos. Todo en bolsitas y empaques desechables. Tiras la mitad de lo que compras. Qué bueno que mi jefa no limpiaba esos desmadres.-
Entraron al local muy ariscos, arrastrando el polvo y el olor a gallina que les había heredado el camión. Arrastrando el ancla que pesaba como santocristo, con la ropa pegada al sudorcuerpo. La gente los miró como a extranjeros, más bien como a limosneros.
-Si no quieren que vayan los jodidos, ¿Para qué se anuncian tanto?-
La encargada los miró como botaturistas y los atendió rápido para que se fueran. Compraron un paquete-doce-deliciosas-piezas-con-bollos-ensalada-y-puré-que-parece-betún y se sentaron a comerlo cerca de la ventana que daba al mar.
-Mi madrecita se sentía orgullosa de mí. Su Alonsito, el chamaco que había sido una carga en su vida, le estaba cumpliendo sus tres deseos. Sus ojitos lanzaban luz como en las noches de los sueños. Luz húmeda como de tristeza con aire de nomelacreo. Yo, contento empecé a desenvolver las piezas del paquete y se las acerqué a mi jefa para que tomara a su gusto.
Ella era feliz mi Cántaro, por primera vez en su vida era feliz, mecái.
-¿y cuál era su tercer deseo?
-Estaba incómoda por las miradas de la gente y se apuró a terminar, mientras yo miraba lo grandísimo que era el mar. De pronto un resuello la atragantó, se puso tiesa. De un impulso hacia atrás rompió la silla. Su pesado cuerpecito cayó al piso. Gemía. Clavaba los ojos en el techo. Se apretaba el cuello con sus manos. Se puso morada. Luego dejó de moverse.-
Doña Chole Jiménez murió el 20 de mayo de 1972, frente a su hijo Alonso Anastasio, muy cerca de sus deseos, en una sucursal de conocido restaurant de pollos, asfixiada por un hueso intruso. Ante el asco y el asombro de turistas y empleadas, que rápidamente le ayudaron a sacarla a la banqueta con todo y ancla. Al morir, pensaba en el mar.
-¿Y cuál era el otro cabrón deseo, Pechugón?
-La cargué yo solito, como pude, largo rato por toda la bahía. Alquilé una barca y nos fuimos mar adentro. Su tercer deseo era bañarse en el mar. La enterré como entierran a los capitanes de barco. Con los honores que me permitió el llanto y con el ancla que le había comprado bien amarrada a sus brazos. No había más. Cuando la solté al mar, todavía le brillaban los ojitos y hasta parece que sonreía.
-Pobre Doña Chole, tan buena que era... pero si no me vas a ayudar, mejor lárgate a empedar a otro lado.

Sin Depósito, sin Devolución


Las luces del Tenampa están diseñadas para alucinar. En la escasa visibilidad destacan las lentejuelas de los microvestridos. La cadencia estroboscópica y cambios repentinos de atmósfera hacen que las mujeres del antro luzcan épicamente bellas -de noche todas las gatas son pardas, inclusive algunos gatos mariposos-. A la una de la mañana humo y perfume se confunden con la música, se arrastran como gusano sinfín para llegar hasta la barra y rodearte con su ambiente pseudoparadisíaco.
Estás fuera de lugar. El asedio del sitio te incomoda; El vaivén de caderas brillosas y pechos extrovertidos se domina totalmente desde tu butaca. Las bocinas se desgastan berreando un bolero a ritmo de banda. Absorbente vacío que no logra estimularte; Tu síndrome de Pedronavajas se cohibe.
"No pongas la música tan fuerte. En lugar de estar ahí sentadote podrías darme una mano..."
-¿qué le servimos?-
El cantinero tiene cara de asesino múltiple o de judicial (¿existe diferencia?). Muestra una sonrisa Colgate con incrustación áurea, afeada, por una mala intervención quirúrgica en el pómulo izquierdo. Te ofrece sus servicios en tono de mamá piadosa:
-tenemos la mejor cerveza de barril.-
Apruebas la propuesta con el pulgar. Tienes la indiferencia del ausente. Scarface te sirve el orgullo de la casa en un tarro mal lavado (chingadera sabe a purga). El diente de oro te hace adivinar quién orinó en el barril; aun así te apuras a terminar.
“¿Cuántas veces tengo que decirte? ¡No tires el dinero en idioteces! Primero cumple cabalmente con tus obligaciones en la casa..."
Los bafles se cansaron de destripar cumbias. El ponediscos se compadeció de tus tímpanos y empezó a rasguñar una balada en el tornamesa.
-¿Por qué tan sólo, guapo?-
Una ninfa nocturna con voz acatarrada ha ocupado el asiento de al lado. Sus pechos pequeños y cintura estrecha suplican tu atención. No pierdes detalle del vestido que se abre hasta la cadera. Un voluptuoso muslo-­camaleón obedece a los reflectores mientras se acerca a tu pierna.
"En lugar de gastar en pendejadas deberías comprarme algo de ropa; Con estas mugres garras da vergüenza salir a la calle, parezco pordiosera..."
-¿No me invitas a bailar?-
Asientes con la cabeza y das el último sorbo a tu pócima. Tomas su mano sin fijarte que ya se embolsó la ficha. Entre féminas laboriosas y jotitos camuflash inicias tu viaje al cielo del cachondeo. Te arriesgas a pasear tu presa entre una tercia de bravucones que ya llevan más de un barril dentro. Te arrepientes de haberlo hecho cuando uno de ellos se fija en tu vestimenta.
-Mira, chicarcas, ese güey se vino en pijama.-
En realidad es un pants. Las que sí te delatan son las pantuflas que huyen indefensas de los pisotones de tu bailadora. ­
"Nunca me llevas a ningún lado, antes de perdido me sacabas a bailar cada mes, pero ahora sólo soy un mueble más, condenada al encierro de esta pocilga..."
Aprietas su cuerpo de la cintura. Deslizas tu mano por la cadera, donde termina la abertura del vestido, y acaricias su nalga protuberante, nada más para ver si son de a deveras. Un percutir danzonero rompe la dulzura de la calma.
-Si quieres pasar un buen rato te va a costar quinientos. No te vas a arrepentir, todos quedan complacidos con La Camelia.
Sin decir nada sigues a tu pareja. Traspasan el velo de la neblina multicolor por una estrecha escalera que va a ninguna parte.
"Si algún día descubro que me engañas te vas a la chingada; No voy a permitir que vengas a pegarme el SIDA..."
La música va quedando atrás hasta morir. Persigues su espalda semidesnuda a través del pasillo. Te guía de la mano diestramente por la penumbra de puertas infinitas hasta identificar la apropiada. Invaden un espacio que ahora es de ambos.
"Tu piensas que no hago nada todo el día ¿verdad? ¡No te das cuenta! Casi tengo que hacer sangrar a este piso de barro para dejarlo limpio, y los mocosos son una lata. No termino de arreglar algo cuando ya me tienen un regadero de la jodida. ¿Se te hace que eso no cansa?"
-Aquí vas a ver lo que es bueno, mi amor. Ninguna mujer es tan... excitante como La Camelia... no te vas a arrepentir.-
"Estoy arrepentidísima de haberte hecho caso. Yo tenía muchomejores partidos..."
Cadenciosamente se descalza hasta el cuello. Tiene un ombligo que invita a sumergirse en su abdomen perfecto. Con precisión micrométrica coloca cada prenda desechada en un perchero cuidando no arrugarla. Camina con parsimonia de gata en celo hacia ti. A velocidad magistral da cuenta de tu saco, pantuflas y ropa deportiva y robóticamente te acomoda en el borde de su telaraña.
Sutil, con la gracia de un comercial de colchones se recuesta junto a ti. Sus ojitos de vagabundo socorrido te endosan un título de propiedad.
"Ahorita no... puedes despertar a los niños: ¿a poco quieres que aprendan tus indecencias? ¿Acaso quieres ­que salgan igual de mediocres que tú?..."
-Tienes una hora. ¿Cómo quieres hacerlo?-
Descansas la cabeza sobre el pecho de tu almohada de $ 500 Y pierdes la vista entre los rojos resplandores del espejo en el techo.
-Si dices una palabra más, te mato. Sólo despiértame antes de irte.

Jesús en el Paraíso


Ahí estaba él, como si el tiempo no hubiera pasado. Como si diez años fueran la mitad de nada. Igual, con su cabello rizado, su mirada de matalasvolando y su complexión no cambiaron. Una vez más sentí envidia de él. Yo con mi panza pozolera que hablaba de un treintañero dejado por el olvido, con las incontables crudas hinchadas en mi cara. Y él... parecía que había pasado un solo día: Musculoso y bien parecido. Tan lleno de vida y yo tan lleno de vacío. Yo tan sólo y él... él con ella, seguramente.
Me acerqué a ver si me reconocía. Su semblante no se dio por aludido. Pensé en abordarlo y me arrepentí. Pero tenía que preguntarle por ella, por Lucrecia. Quería saber qué fue de la mujer que me robó.
-¿Jesús? Le dije con mi mejor cara de sorpresa.
-No Señor, no soy Jesús.
-Te pareces tanto que pensé...
-Tuve un hermano mayor llamado Jesús, muy parecido a mi, pero murió el año pasado.
¡Se murió el cabrón!. Qué ironía de la pinche vida. Él, con todo el carisma y dinero y la mejor vieja del barrio y se petateó. Yo, con mi vida hecha mierda, que tantas veces quise morir y ahí estaba: Con mi decrepitud prematura, con la pobreza extrema...
Con el camino libre.
Dejé al patán del cabello rizado hablando solo. Anduve caminando de un lado a otro, a lo pendejo, pensando qué hacer... Ella estaba viuda. Ella estaba sola. Lucrecia estaba esperándome.
Sé que si Jesús no se hubiera interpuesto con su guapura y aplomo, Lucrecia se habría casado conmigo, dando color a mi vida; calor a mis noches con su cuerpo excitante. Hubieran sido míos su cadera y sus muslos que tantos sueños humedecieron, su pecho en el que dormí los inviernos de soledad, su carita de musa que había tomado ya el color de las paredes del cuarto en que malvivo.
Tantas veces pensé que si Jesús no existiera... Los dioses del averno, habían escuchado mis oscuros ruegos. Mi vida tornó sentido hacia un rumbo perdido hacía diez años, hacia Lucrecia, la de la cintura esbelta, la de senos estrambóticos, mentón perfecto, boca sacrosanta de sabor indescriptible, ojos de almíbar. Hacia la procreadora de sueños. Hacia... ¿Hacia dónde? ¿Dónde vivía ahora el amor de mi vida?
Pensé en contratar un investigador privado, pero eso cuesta. Sin embargo, estaba iluminado por una fuerza divina... “En un agujero del tiempo existe un día, un solo momento para premiar a los jodidos". Ese era mi día. Entre todos los nombres de tanto desconocido del directorio telefónico, encontré el de Jesús. Corrí a la dirección que daba referencia el nombre, haciendo escala en un jardín para robar unas flores.
Tal cual soy, me paré frente a la puerta que marcó el destino para ese encuentro con el pasado, con el pedazo de vida que me quitó la vida... Para reconciliarme con la suerte. No supe si golpear la puerta o tocar el timbre.
Hago las dos cosas. La espera es como de diez años. Como de tresmilseiscientoscincuentaydos noches de éxtasis reprimido. Diez años son la mitad de nada, pero la espera del destino es eterna.
Pasos y sonido de bisagra interrogante. Por fin los deseos transgreden la dimensión.
“iPinche Jesús! ¿No que te habías muerto?"
Estalla la exclamación de los sueños rotos. De quién sabe cuántos miles de noches que faltan. De sorpresa al ver el fantasma que rondó mi desgracia y habitó el fondo de todos los vasos de aguardiente que se instalaron en mi úlcera.
“Trágame tierra, por Dios".
-¡Pinche Xenobio!. Mira cómo estás panzón y colorado.
-¡Jesús Ugarte, qué sorpresa!. Creo que me equivoqué de dirección.
-Pásale pinche Guajolote ¿De qué chingados te sorprendes?
-Me dijo tu hermano que habías muerto.
-¿Cuál hermano güey? Si soy hijo único. Apuesto que quieres ver a la Lucrecia. Pásale y no te hagas pendejo, sé que siempre te gustó, Guajo; tienes que verla...
Está hecha una marrana.

EL GIRASOL



Robi se cimbra en sus tres paredes con el campanoso amanecer. Sin erguirse busca un jarro despostillado que debe estar ahí. Nada. Levanta su mano y chasquea. Martín está cerca, lo sabe; siente su calor. Entrecierra el puño izquierdo y lo abre. Chasquea nuevamente pulgar y medio. Repite seña.
-Anoche rompiste el jarro sin darte color, vas a tener que tomar agua del bote.
Martín atiende con desenfado. Calma la sed de Robi, lo ayuda a vestirse y le da una vara filiforme. Con tres palmadas en la espalda lo pone en movimiento y camina tomado de su brazo.
-Hoy tampoco desayunamos, Girasol. Ayer estuvo muy flojo. Deberlas aprender alguna gracia para ganarte la papa, o por lo menos para que no estuvieras todo el día sentadote en el sol; Pero... sé que no me ves ni me escuchas... y me da igual. No tengo con quien hablar. Somos solos y tenemos que apechugar.­-
De un cuarto derruido, cerca de la iglesia, salen ambos niños, como todos los días. El silencioso polvo de calles cuartimundistas deja descender el día por el tufo pedregoso. Acequias y pordioseros bajan en procesión, de la ciudad fantasma hacia plazas y calles elegantes, hacia los lugares más estratégicos para condoler a los transeúntes. La misericordia está a la baja y el índice de miserables aumenta con ruido sordo de mañana abrupta.
Martín se arraiga en la esquina de siempre. Una plaza octagonal, donde emergen algunas jardineras con tristes bancas de cemento. Obras públicas dejó ahí algunas flores olvidadas para adornar la espera del enésimo semáforo del boulevard. Acomoda al girasol en su propia banca, cerca de su vista. Lo deja ahí todo el día junto a una lata vacía, cerca de rodadas presurosas y pasos impíos. Luego peina los tres carriles mientras el rojo lo permite. Ofrece un vidrio limpio a cambio de una moneda. Esquiva los autos que huyen del verde y se coloca estratégicamente a esperar una nueva andada de vehículos. El sol incide sobre el brazo izquierdo de Robi, que de ese modo sabe que la mañana es buena.
-Ahí viene el del carro azul que nunca me deja limpiar su vidrio. Lo voy a apañar sin que se dé color, orita vengo carnal...
Y el mocoso torea carros desde temprano hasta oscurecer. Robi sabe en qué momento el sol se retira, pues deja de sentirlo en su costado derecho. Es la hora exacta que marca la cena, a veces, su único alimento. Si Martín se tarda en recogerlo, el muchacho comienza a golpear la banca con su bastón, haciendo aspavientos. El limpiavidrios sabe que su hermano siamés ya está desesperado. Es hora de llenar la panza y regresar al cantón.
Martín da tres palmadas en la espalda a su hermano para invitarlo a caminar. De regreso a casa le platica:
-Esta vida vale madre Girasol. Mendigar todos los días para malcomer. Siempre lo mismo, para nosotros no existe el tiempo. Todos los días son iguales. Dichoso tú que no te das cuenta de nada. Estás en las mismas o más jodido. Pero esto va a cambiar camal, algún día...­-
El Hospital Le Clerck es el más elegante y ultra moderno de toda la megaurbe. Tomógrafos portátiles, equipos paramédicos supersofisticados, amplios y lujosos pasillos y exclusivísimos cuartos parecen decir que la muerte fue anulada en ese lugar. Pero no es así. En la suite del área de cardiología, Luís Mario espera un doble milagro: Que un corazón sea donado para transplantarlo a su cuerpo, y que ese corazón corresponda a un niño vigoroso de unos diez años. Pero a esa edad ¿quién va a querer morirse? Las esperanzas de que Junior sobreviva son mínimas y ni con todo el dinero de papáluis parece que se pueda hacer algo. Mamálucia está desconsolada. Ha envejecido más en el último año de la enfermedad de su hijo que en toda su vida; aunque eso es lo que menos le preocupa por ahora, ya que puede acceder a nuevos tratamientos hidroreafirmantes, neurofaciales o a una nueva cirugía en Houston.
Lo que más importa ahora es conseguir un corazón para Luisito a como dé lugar; cueste lo que cueste. El tiempo es agua que escapa de las manos y con él disminuyen las posibilidades de éxito del transplante. Eso ha dicho el Doctor Canseco.
-Hoy fue un día bueno Girasol. Tenemos café para mañana y nos alcanza para tacos. ¿Sabes qué? Una morrita de un carro me dio diez pesos y me dijo "adiós". Si hubieras visto sus ojos camal, tan llenos de vida bonita; eran como una caricia.
Y Martín acuesta a su hermano luego de cenar. Siempre se queda un rato con él. Ya en la cama, el Girasol toma su mano, el limpiavidrios la pasa por su mejilla muda y su cabello hipersensible. Para el pequeño Robi esa caricia es como música.
-Vas a ver carnalito, la suerte nos va a cambiar. No siempre seremos chicos. Lo bueno de ser grande es que se puede tener una chava como la de los ojitos chidos...­
Continúa su monólogo hasta que su hermano se duerme. Luego se disuelve en la oscuridad entre una cobija raída y cartones viejos.

El amanecer fue oscuro para mamálucia.
-El estado es crítico, señora Rubio. Si no encontramos pronto un donante perderemos a su hijo.­
Mamalucia sale con choferjaime a buscar alguna solución en las calles. La mañana resbala por el boulevard de Martín. El sueño de vida mejor muere con el crepitar de la gente, y la mirada de ensueño se ahogó en el humo de los visitantes fugaces del enésimo semáforo.
El cenit dice a Robi que es un mal día. Mamalucia llora en su limusina por la ruta del dolor. El pulso de Luisito es muy irregular. El doctor Canseco tiene un día muy ocupado. Martín esquiva un microbús. La tarde no da tiempo de juntar nada. No ha pasado la chica de los ojos de sueño. Robi tiene hambre. Lucía pide al chofer que vaya más rápido. Robi tiene sed. Otro verde. Martín corre. Robi piensa en su propio idioma de oscuridad y silencio. La niña de cielo detiene su auto en el rojo. La limusina viene a toda velocidad. Martín se descuida. Lucia grita instrucciones a Jaime. Robi toca el bastón en la banca. Martín mira al Girasol desde el piso, se nubla y se pierde. Robi azota la banca con el bastón. El chofer se abre paso entre curiosos. Carga a Martin. Sus costillas no lo dejan respirar. Robí se levanta. Hace aspavientos. Los ojitos chidos miran a Jaime subir a Martín a la limusina. Sangra del pecho. El Girasol abrecierra el puno. Chasquea. Busca una mano tibia. El verde se asoma a ver el accidente, Robi camina en la acera. Los micros presionan al tráfico. Robi no sabe usar bastón. Lucia mira a Martín. Está muy mal. Robi se acerca a la calle. La limusina no puede partir al hospital. Martín no tiene pulso. Lucía llora. El corazón de Robi quiere gritar. Lucra mira alrededor. Robi tropieza en la guarnición. Un claxonazo elegante atraviesa el smog. Robi se derrumba en el pavimento. Ha perdido su sol. Todos lo miran. Las flores del jardín sollozan. El Girasol le pide a su propio Dios tres palmadas en la espalda.
La operación ha sido un éxito. No por nada Canseco es el mejor cardio-cirujano del mundo. No en balde cobra tanto. Lucía no ha dormido en toda la noche, apostada en la puesta del quirófano. Cuando el doctor por fin realizó la magia, Luisito sale de cirugía sobre una cama rodante, ausente aún por el efecto de la anestesia.
Ya en la suite todos esperan. Canseco alardea de lo fácil que fue y de lo bien que respondió el niño. Papáluis, mamalucia, choferjaime, nanabuena, dos mucamas y Canseco miran atentos cuando el nene abre los ojos. Con un gesto turbado comienza a mirar alrededor. Chasquea y abrecierra los puños con desesperación. Con los brazos realiza aspavientos y tapa sus ojos. Chasquea y cierra puños otra vez, con gesto horrorizado.
-¿Qué pasa con mi hijo, Canseco?
-Tal vez... está rechazando el órgano... era una posibilidad... hay que intervenir nuevamente.
-Espere doctor, -dijo mamálucia- creo que sólo necesita una caricia.

La Fuga del Loco


Aquí todos estamos orates. Un baboso pinta patas de araña en nuestras camisas de fuerza. Desadaptados se la pasan platicando de espíritus que llaman musas. Un paranoico catrastofista se autodice poeta. Encapuchados mueren rompiendo los barrotes. Hay zombies dialogantes que solo saben levantar la mano y mujeres liberadas de su celda.
El más loco de todos se cree Jesús.
Se agarra multiplicando panes que nadie come, nos hace beber un vino con sabor a sangre; Usa buenas vibras para curar gente. Mastica teorías neocomunistas, conoce perfectamente la pentadimensión, sabe el futuro y adivina el pensamiento.
Hace una semana empezó a escribir sus memorias.
Anteayer lo asesinaron. Clavaron un libro sagrado en su cráneo.
Bueno... eso me contaron, porque hoy… nadie encontró su cuerpo.